Categoría Pixelart Creativos

Boda en Hotel el Toro. Pamplona.

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Con mi experiencia de fotógrafo de boda en Pixelart Creativos, puedo aseguraros que hay un montón de formas distintas de sonreír. Después de un análisis exhaustivo de una decena de mis reportajes de boda, he decidido enumerar los tipos de sonrisas y agruparlos en cinco tipos:

  1. La nerviosa. Siempre, siempre, cuando el novio, en este caso Juan Carlos, se coloca la corbata/pajarita, sus labios parecen estar contentos pero en realidad, tiene tal revuelo en su interior que más que sonreír, tiembla.
  2. La que vuela. Está cargada de ilusión. De repente, cada uno se junta con sus amigos y se dan cuenta de que es el día de su boda y no están soñando. Por primera vez son conscientes de que todas las personas que les quieren van a estar ahí, presenciando su gran día.
  3. La triunfante. Si me tengo que decantar por mi sonrisa favorita seguramente sea ésta porque siempre aparece en el momento indicado. Cuando Cristina cruza todo el pasillo de la Iglesia y se coloca junto a Juan Carlos, le mira y su sonrisa dice: lo he logrado, no me he caído mientras caminaba hacia el altar.
  4. La satisfecha. Una vez que ha terminado la ceremonia, los abrazos, las felicitaciones… Cristina y Juan Carlos huyen de la Parroquia de San Nicolás. Yo les dejo respirar un rato, mientras les hago fotos. Esa sonrisa que ambos enseñan es la de: “qué bien que ya sólo nos queda beber y comer”.
  5. La emocionada. Siempre, siempre, hay un punto álgido en la boda y suele darse en los regalos o en el baile. Es ese momento donde uno se rompe y llora y se ríe al mismo tiempo; y se acuerda de que no hay mejor regalo en esta vida que sentirnos vivos. Cuando fuimos al Hotel Don Carlos, y de repente echaron fuegos artificiales, yo les vi sonreír así.

Y a vosotros, ¿se os ocurren más tipos de sonrisas? ¿cuál es vuestra favorita?

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A Zamora y más allá

Zamora. Agosto. 37 grados. Cinco horas de viaje y allí nos plantamos. Pero oye, cuando llegas a un lugar así pues como que el tiempo al volante se esfuma en un pestañeo. Además, muchas veces, necesitamos un soplido de aire fresco, de novedad. Porque a nuestra Navarra bonita la amamos mucho, ¿eh? Pero una escapada a algún rincón desconocido nos llena la retina de nuevas perspectivas y paisajes.

El viernes, las protagonistas fueron las paellas con las que los novios dieron la bienvenida a sus invitados en el lago de Sanabria. Allí, entre chapoteos y vinos, fueron animando la fiesta mientras recordaban aquellos maravillosos años en los que las mayores preocupaciones consistían en averiguar quién tenía el cromo que a ti te faltaba para el álbum. La nostalgia y el alcohol son compañeros fieles y claro, alguno tomó demasiado de los dos y debió de volver a casa justo para la ceremonia. Pero claro, esa es otra historia.

El día “B” amaneció glorioso. La mañana transcurrió ajetreada, los nervios ya se subían por las paredes de los dormitorios y la ilusión se palpaba en cada paso. La entrada de Jennifer fue increíble. No fue dentro de un descapotable, ni un coche clásico. Un tractor se abrió paso en medio del campo y allí estaba ella: feliz y auténtica.

Jennifer y Rubén se dieron el “Sí, quiero” en el campo de Limianos de Sanabria, decorado todo por el mismo pueblo, por toda esa gente que ha pasado de verte correteando entre gallinas a comprometerte con tu persona favorita. Qué bonito cuando el lugar de tu boda era tu patio de recreo.

Cuando el sol cansado de tantas emociones, caía muerto, comenzó la fiesta. Bueno en realidad, todo el fin de semana fue una fiesta continua. Música en directo, bailes, baños intempestivos, carcajadas constantes…

Aquello fue la postal perfecta para recordar el verano.

 

Familia Pixelart

FAMILIA PIXELART

La familia Pixelart es una marca que ha ido evolucionando con el tiempo. Son ya más de diez años los que llevamos caminando de la mano, retratando bodas, editando imágenes, fabricando recuerdos en definitiva.

A veces es necesario poner cara a una empresa, porque detrás de ella hay personas de carne y hueso. Que ríen, lloran, beben champán, bailan, disfrutan, hacen fotos, y abrazan mucho.

Muchos ya me conocéis, sobre todo, las parejas que se han casado frente a mi objetivo. Pero para los que no, soy Gorka, el que sale en algunas imágenes echando humo. Llevo a la espalda tantas primaveras que ya es mejor no contarlas, y en la mano una cámara que me da toda la vida que a veces me falta.

Pero Pixelart no soy sólo yo, de esta familia forman parte todas las parejas que se han dado el sí quiero mientras yo les disparaba. Aún recuerdo lo afortunado que me sentí cuando me pagaron por mi primer reportaje. Así que como comprenderéis, cuando doy las gracias a los novios, siempre tengo la sensación de quedarme muy corto en palabras.

Suele pasar que cuando algo funciona muy bien, nos quedamos con el escaparate, sin ser conscientes de que detrás hay una maquinaria pesada que se encarga de hacer el trabajo sucio. Y ahí trabajan sin horarios, ni quejas a sindicatos, mi mujer, Jaione, y mi hija, Irati. Ellas me abrazan cuando después de un día caótico a mí no me quedan sonrisas, me confiesan sin escrúpulos qué fotos les gustan y cuáles no – son mis mayores jueces – , y además, me permiten pasarme el verano saltando de boda en boda a cambio de que algunos viernes podamos beber champán y cenar langostinos. Sin ellas, Pixelart se hubiera perdido hace mucho entre la marea de pixeles de cualquier fotografía.

Por eso, veo necesario compartir con vosotros quién se esconde detrás de Pixelart Creativos. No he encontrado mejor manera que enseñándolo a través del reportaje que Remys Door nos hizo hace unos días. Espero que os guste tanto como ellas a mí.

 

Concatenación de casualidades

MARÍA & MIGUEL: BODA EN EL CASTILLO DE MONJARDÍN

Cuando me preguntan si creo en el destino, siempre contesto que creo en la concatenación de casualidades. Porque a veces ocurren eventos fortuitos que hacen que parpadees mucho para así intentar buscar la explicación o el sentido. En ocasiones, son pura casualidad, pero en otras, si unes cabos sueltos, puede ser destino.

María y Miguel volaron alto el día de su boda. No me refiero a que estuviesen soñando con esa fecha, si no a que literalmente ambos cogieron un vuelo desde Copenhague hasta el Castillo de Monjardín. Hace unos cuantos meses nos llegó un correo en el que nos contaban que iban a casarse y que les gustaría que nos encargásemos del reportaje fotográfico de su boda. Una semana antes del gran día, por fin nos conocimos en persona. Teníamos que ultimar detalles, como dónde se vestían, horarios… Y justo ahí, Miguel y yo nos miramos asombrados, como intentando buscarle las cosquillas a la casualidad.

Resulta que durante casi toda nuestra vida fuimos vecinos sin conocernos. Su habitación colindaba con la cocina de mi casa y entre risas me confesó que a veces nos escuchaba hablar mientras comíamos. ¡La de intimidad que se comparte sin ser uno consciente!

Esto es lo que me encanta de las bodas. Aunque haya una historia principal, la de su enlace, de ella surjan otras tantas que evocan sonrisas.

Ahora, cuando les veo en estas imágenes a Miguel y a María, dándose el sí quiero, rodeado por sus personas favoritas, tan felices, tan risueños, me pregunto si quizá en este caso, el destino es una moraleja que viene a contar que hay personas que apenas dan un breve paseo por tu vida, pero de las que te acuerdas siempre.

Enhorabuena pareja, ¡ojalá todos los vecinos sean como vosotros!

 

La temporada seca de las bodas

Me pasa mucho que la temporada seca – así denomino yo a los meses en los que no hay bodas – se termina pareciendo demasiado a un desierto. Quiero decir, que está muy bien descansar, hacer un maratón de Juego de Tronos, repasar la Biblia – para que el párroco de la Iglesia de San Fermín no me pille desprevenido -, hacer puzzles con mi hija, comerme unos “pocos” garroticos de la Beatriz, tomar el sol en diciembre… Bla, bla, bla.

Sí, sé que está feo quejarse pero es que tengo unas ansias locas por empezar a disparar cada finde semana a unos novios molones. Digamos que es como subirse, durante unos meses, a la montaña rusa más grande del mundo y dejarse llevar por su estado emocional.

Soy adicto a las historias y a día de hoy, creo que una boda es el lugar idóneo para consumir un montón de ellas. La preboda, la barbería, la peluquería, los nervios dilatándose en las pupilas, el maquillaje, el nudo de la corbata, los padres mordiéndose las uñas, el tiempo batiendo records, el chófer más tenso que el bigote de Dalí, los sí quieros, la música emocionando, las sorpresas, el primer baile… Ya vale, que me entran mariposas desbocadas y a ver cómo duermo yo esta noche.

En fin, que ya estoy preparado, como Clint Eastwood en un duelo del oeste, para disparar a todo aquello que me grite: Érase una vez…