Categoría Fotografía Boda

En las bodas de Pamplona, a veces sale el sol

Bodas de Pamplona

Alberto y Ana

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En serio, tengo la prueba fehaciente de que en las bodas de Pamplona la querida estrella que ilumina nuestros días a veces se deja ver.

Más concretamente, en las Bodegas de Otazu donde  Alberto y Ana se dieron el “sí quiero”. No me olvido de Vega, que al fin y al cabo, fue tan protagonista como sus padres. Cuando en las bodas también participan hijos me entran ciertos nervios porque pienso que en el futuro, esta pequeña personita que no entiende qué está pasando a su alrededor, verá las fotos y podrá decir que ella estuvo ahí y fue testigo del inmenso amor que sus padres se proclamaron. Así que mi responsabilidad es aún mayor.

Pero vamos al tema que a todos los habitantes de Mordor nos concierne: la ausencia de sol. Creo que va a terminar la temporada de bodas y voy a contar con los dedos de una mano los enlaces en los que la estrella nos visitó.

Me acordaré de este día, porque fue increíblemente bonito y porque todos sudamos mucho. Pero lo hicimos con orgullo, sin queja alguna, no fuera a ser que disgustáramos a los dioses y se vengaran con nubarrones.

Vega fue la única que en medio del banquete, cuando ya el calor la estaba derritiendo comenzó a gemir y a gritar: “aba abaaaa abaaaa”. Yo la miré enternecido, pensando que estaría diciendo en su idioma bebé: “VIVAN LOS NOVIOS”.

Pero no. La pobre lo que clamaba a los cielos era que quería agua. Así que cuando los adultos por fin comprendimos, ella ya estaba llenando su tripa del elixir de la vida. Como podéis ver, mi instinto paternal está mermado. Si su supervivencia hubiese dependido de mí, la llevaba claro la bonita y sedienta Vega.

Después, sólo hubo sonrisas, bailes y carcajadas. Vamos, lo esencial para ser feliz en esta vida.

Supongo que no hay mejor manera que ésta para terminar una boda y empezar un matrimonio.

Toda la felicidad para vosotros, Alberto, Ana y Vega.

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Concatenación de casualidades

MARÍA & MIGUEL: BODA EN EL CASTILLO DE MONJARDÍN

Cuando me preguntan si creo en el destino, siempre contesto que creo en la concatenación de casualidades. Porque a veces ocurren eventos fortuitos que hacen que parpadees mucho para así intentar buscar la explicación o el sentido. En ocasiones, son pura casualidad, pero en otras, si unes cabos sueltos, puede ser destino.

María y Miguel volaron alto el día de su boda. No me refiero a que estuviesen soñando con esa fecha, si no a que literalmente ambos cogieron un vuelo desde Copenhague hasta el Castillo de Monjardín. Hace unos cuantos meses nos llegó un correo en el que nos contaban que iban a casarse y que les gustaría que nos encargásemos del reportaje fotográfico de su boda. Una semana antes del gran día, por fin nos conocimos en persona. Teníamos que ultimar detalles, como dónde se vestían, horarios… Y justo ahí, Miguel y yo nos miramos asombrados, como intentando buscarle las cosquillas a la casualidad.

Resulta que durante casi toda nuestra vida fuimos vecinos sin conocernos. Su habitación colindaba con la cocina de mi casa y entre risas me confesó que a veces nos escuchaba hablar mientras comíamos. ¡La de intimidad que se comparte sin ser uno consciente!

Esto es lo que me encanta de las bodas. Aunque haya una historia principal, la de su enlace, de ella surjan otras tantas que evocan sonrisas.

Ahora, cuando les veo en estas imágenes a Miguel y a María, dándose el sí quiero, rodeado por sus personas favoritas, tan felices, tan risueños, me pregunto si quizá en este caso, el destino es una moraleja que viene a contar que hay personas que apenas dan un breve paseo por tu vida, pero de las que te acuerdas siempre.

Enhorabuena pareja, ¡ojalá todos los vecinos sean como vosotros!

 

La temporada seca de las bodas

Me pasa mucho que la temporada seca – así denomino yo a los meses en los que no hay bodas – se termina pareciendo demasiado a un desierto. Quiero decir, que está muy bien descansar, hacer un maratón de Juego de Tronos, repasar la Biblia – para que el párroco de la Iglesia de San Fermín no me pille desprevenido -, hacer puzzles con mi hija, comerme unos “pocos” garroticos de la Beatriz, tomar el sol en diciembre… Bla, bla, bla.

Sí, sé que está feo quejarse pero es que tengo unas ansias locas por empezar a disparar cada finde semana a unos novios molones. Digamos que es como subirse, durante unos meses, a la montaña rusa más grande del mundo y dejarse llevar por su estado emocional.

Soy adicto a las historias y a día de hoy, creo que una boda es el lugar idóneo para consumir un montón de ellas. La preboda, la barbería, la peluquería, los nervios dilatándose en las pupilas, el maquillaje, el nudo de la corbata, los padres mordiéndose las uñas, el tiempo batiendo records, el chófer más tenso que el bigote de Dalí, los sí quieros, la música emocionando, las sorpresas, el primer baile… Ya vale, que me entran mariposas desbocadas y a ver cómo duermo yo esta noche.

En fin, que ya estoy preparado, como Clint Eastwood en un duelo del oeste, para disparar a todo aquello que me grite: Érase una vez…

Montañas Rusas

Allá por enero, cuando todo el mundo estaba haciendo su repaso del año pasado, nosotros andábamos bastante ocupados comiendo langostinos y bebiendo champán. Ahora que el furor de un nuevo año se ha esfumado, venimos a mostraros una pizca de lo que este 2017 ha sido para nosotros como fotógrafos de boda.

En cada imagen hay una historia y lo que nos gusta de todas ellas es que son distintas y únicas. No vamos a olvidar aquella boda en la que esperábamos ansiosos la salida de los novios y en pocos minutos nos empapamos tanto que no sabíamos si acabábamos de salir de la ducha o de una Iglesia, o cuando mantearon tan alto al novio que rezábamos para nuestros adentros para que no tocara suelo, o cuando una novia dio un discurso tan espontáneo como emotivo y nosotros no sabíamos si llorar o seguir haciendo click…

Porque sí, a veces nos emocionamos y este vídeo es una buena prueba de ello.

Gracias por un 2017 repleto de montañas rusas y vestidos blancos.

Vitamina D y otras ausencias

En estas fechas, cuando ya llevamos sin una visita digna del Señor Sol más de una semana, conviene recordar que aunque esta estrella nos proporciona a tope de Vitamina D, podemos vivir sin ella y ser felices lo que dura un invierno.

Seguro que ahora estáis mirando expectantes la pantalla, esperando que os diga cuál es la fórmula mágica, pero no os voy a engañar – para eso ya está la teletienda – , lo único que necesitáis saber es que… La lluvia no mata. Uno puede salir a la calle, pasear entre charcos, mojarse los pómulos, y volver a casa VIVO.

En serio, no es una broma, el equipo Pixelart – que ha hecho varias pruebas al respecto en sus trabajos como fotógrafos y videógrafos de boda – coincide con los laboratorios más sofisticados de Branderbugkafsen: “se puede llevar una vida de lo más completa y saludable con lluvia”.

O sea, que tenemos dos opciones: ser felices con la cara mojada como esta pareja risueña que se casó entre chubascos o quejarnos todo el día.