Categoría Fotografía Boda

Boda en Villa Marcilla.

Una boda repleta de rock, sonrisas y desmadre

A mí me ponen una boda repleta de rock, sonrisas y desmadre y ya me tienen más que ganado. Pero ese es un tema del que hablaremos más tarde. Primero, a lo que vamos, los novios. Ana y Cholo. Ella, pura alegría, él, honesto hasta la médula.
Con semejantes anfitriones nada podía salir mal.

Así que, como si de un cuento se tratara, Ana apareció cabalgando el coche clásico más bonito que he visto yo en mi vida. Os diría la marca y tal. Pero no soy bueno con los nombres y prefiero que lo busquéis en las fotos y me descifréis vosotros el enigma. Sólo sé que era de un rojo tan vivo como el que llevaba la novia vistiendo su sonrisa. En serio, qué sonrisa. No la vi ni un sólo momento perderla. A día de hoy, me pregunto, si al día siguiente de la boda, Ana tenía resaca o agujetas en los mofletes.

Aunque no me extraña nada que estuviera tan feliz. Se casaba con Cholo, el hombre de su vida. Estaba tan bien acompañada que por momentos yo también quise pertenecer a esa gran familia. Dicen que la felicidad es doble si la compartes, pero aquí en esta boda, con semejantes invitados y actuaciones, la felicidad se cuadruplicó.

Primero fue el “Sí, quiero” en la Iglesia de San Nicolás, luego llegaron los vítores, las lágrimas y los abrazos. Después, con el hambre y las ganas de celebrar llamando a la puerta, nos fuimos todos a Villamarcilla y allí los Jairom Black hicieron vibrar a todo el mundo a través de melodías que aún tarareo mientras me ducho.

Y la gran sorpresa se la llevó Cholo cuando sus amigos de Biscuit Box aparecieron en medio del baile y se pusieron a tocar en directo. Os había prometido rock, sonrisas y desmadre, ¿verdad? Si aún no me habíais creído, mirad las fotos y decidme si miento.

Felicidades Ana y Cholo, en vuestro día B, reí, bailé y fotografié. Creo que poco más necesito para ser feliz un sábado cualquiera.

 

Boda en Zuasti. Sí, quiero. Aquí. Contigo. Siempre.

Boda en Zuasti

Mertxe & Jesús

Hacer tu boda en Zuasti es vivir tu día B en un cuento donde sólo falta ver a las ardillas y a los gnomos correteando por la ceremonia. En serio, qué maravilla.

Además, no llovió. Las cigarras cantaban dichosas cuando Mertxe y Jesús entraron para prometerse un “Sí, quiero” eterno. Hubo lágrimas contenidas, emociones a raudales, abrazos que aún no han muerto, carcajadas espontáneas y mucho amor.

Allí, perdidos en el palacio de Zuasti, nos trasladamos a otro mundo en el que no existían las prisas, el estrés ni otra orden que no fuera la de bailar, comer, reír y beber.

Últimamente he descubierto, como fiel observador en estos eventos, que en las bodas, además de vivir a lo grande, se recuerda mucho. La nostalgia explota, como el confeti del ¡Vivan los novios!,  cuando se juntan personas bonitas que se conocen casi desde que comenzaron a andar.

Así es como descubrí, mientras Mertxe y sus amigas se preparaban para el gran día entre risas, champán y confesiones, que a Mertxe y a sus amigas, mi madre les daba de comer cuando de pequeñas iban a la Ikastola. Mi progenitora les alimentó y ahora yo las retrato, qué secretos más curiosos e inesperados guarda el tiempo, oye.

Ojalá todas las bodas que me quedan por retratar estén llenas de historias nuevas, de nostalgia y de amor del bueno, del que nunca caduca.

 

 

A Zamora y más allá

Zamora. Agosto. 37 grados. Cinco horas de viaje y allí nos plantamos. Pero oye, cuando llegas a un lugar así pues como que el tiempo al volante se esfuma en un pestañeo. Además, muchas veces, necesitamos un soplido de aire fresco, de novedad. Porque a nuestra Navarra bonita la amamos mucho, ¿eh? Pero una escapada a algún rincón desconocido nos llena la retina de nuevas perspectivas y paisajes.

El viernes, las protagonistas fueron las paellas con las que los novios dieron la bienvenida a sus invitados en el lago de Sanabria. Allí, entre chapoteos y vinos, fueron animando la fiesta mientras recordaban aquellos maravillosos años en los que las mayores preocupaciones consistían en averiguar quién tenía el cromo que a ti te faltaba para el álbum. La nostalgia y el alcohol son compañeros fieles y claro, alguno tomó demasiado de los dos y debió de volver a casa justo para la ceremonia. Pero claro, esa es otra historia.

El día “B” amaneció glorioso. La mañana transcurrió ajetreada, los nervios ya se subían por las paredes de los dormitorios y la ilusión se palpaba en cada paso. La entrada de Jennifer fue increíble. No fue dentro de un descapotable, ni un coche clásico. Un tractor se abrió paso en medio del campo y allí estaba ella: feliz y auténtica.

Jennifer y Rubén se dieron el “Sí, quiero” en el campo de Limianos de Sanabria, decorado todo por el mismo pueblo, por toda esa gente que ha pasado de verte correteando entre gallinas a comprometerte con tu persona favorita. Qué bonito cuando el lugar de tu boda era tu patio de recreo.

Cuando el sol cansado de tantas emociones, caía muerto, comenzó la fiesta. Bueno en realidad, todo el fin de semana fue una fiesta continua. Música en directo, bailes, baños intempestivos, carcajadas constantes…

Aquello fue la postal perfecta para recordar el verano.

 

En las bodas de Pamplona, a veces sale el sol

Bodas de Pamplona

Alberto y Ana

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En serio, tengo la prueba fehaciente de que en las bodas de Pamplona la querida estrella que ilumina nuestros días a veces se deja ver.

Más concretamente, en las Bodegas de Otazu donde  Alberto y Ana se dieron el “sí quiero”. No me olvido de Vega, que al fin y al cabo, fue tan protagonista como sus padres. Cuando en las bodas también participan hijos me entran ciertos nervios porque pienso que en el futuro, esta pequeña personita que no entiende qué está pasando a su alrededor, verá las fotos y podrá decir que ella estuvo ahí y fue testigo del inmenso amor que sus padres se proclamaron. Así que mi responsabilidad es aún mayor.

Pero vamos al tema que a todos los habitantes de Mordor nos concierne: la ausencia de sol. Creo que va a terminar la temporada de bodas y voy a contar con los dedos de una mano los enlaces en los que la estrella nos visitó.

Me acordaré de este día, porque fue increíblemente bonito y porque todos sudamos mucho. Pero lo hicimos con orgullo, sin queja alguna, no fuera a ser que disgustáramos a los dioses y se vengaran con nubarrones.

Vega fue la única que en medio del banquete, cuando ya el calor la estaba derritiendo comenzó a gemir y a gritar: “aba abaaaa abaaaa”. Yo la miré enternecido, pensando que estaría diciendo en su idioma bebé: “VIVAN LOS NOVIOS”.

Pero no. La pobre lo que clamaba a los cielos era que quería agua. Así que cuando los adultos por fin comprendimos, ella ya estaba llenando su tripa del elixir de la vida. Como podéis ver, mi instinto paternal está mermado. Si su supervivencia hubiese dependido de mí, la llevaba claro la bonita y sedienta Vega.

Después, sólo hubo sonrisas, bailes y carcajadas. Vamos, lo esencial para ser feliz en esta vida.

Supongo que no hay mejor manera que ésta para terminar una boda y empezar un matrimonio.

Toda la felicidad para vosotros, Alberto, Ana y Vega.

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Concatenación de casualidades

MARÍA & MIGUEL: BODA EN EL CASTILLO DE MONJARDÍN

Cuando me preguntan si creo en el destino, siempre contesto que creo en la concatenación de casualidades. Porque a veces ocurren eventos fortuitos que hacen que parpadees mucho para así intentar buscar la explicación o el sentido. En ocasiones, son pura casualidad, pero en otras, si unes cabos sueltos, puede ser destino.

María y Miguel volaron alto el día de su boda. No me refiero a que estuviesen soñando con esa fecha, si no a que literalmente ambos cogieron un vuelo desde Copenhague hasta el Castillo de Monjardín. Hace unos cuantos meses nos llegó un correo en el que nos contaban que iban a casarse y que les gustaría que nos encargásemos del reportaje fotográfico de su boda. Una semana antes del gran día, por fin nos conocimos en persona. Teníamos que ultimar detalles, como dónde se vestían, horarios… Y justo ahí, Miguel y yo nos miramos asombrados, como intentando buscarle las cosquillas a la casualidad.

Resulta que durante casi toda nuestra vida fuimos vecinos sin conocernos. Su habitación colindaba con la cocina de mi casa y entre risas me confesó que a veces nos escuchaba hablar mientras comíamos. ¡La de intimidad que se comparte sin ser uno consciente!

Esto es lo que me encanta de las bodas. Aunque haya una historia principal, la de su enlace, de ella surjan otras tantas que evocan sonrisas.

Ahora, cuando les veo en estas imágenes a Miguel y a María, dándose el sí quiero, rodeado por sus personas favoritas, tan felices, tan risueños, me pregunto si quizá en este caso, el destino es una moraleja que viene a contar que hay personas que apenas dan un breve paseo por tu vida, pero de las que te acuerdas siempre.

Enhorabuena pareja, ¡ojalá todos los vecinos sean como vosotros!