Categoría Fotografía Boda

Diez años como fotógrafo de bodas

Diez años como fotógrafo de boda

 

Una década llevo dedicándome a la fotografía de bodas. Diez años como fotógrafo de bodas. Dos palabras que se pronuncian en un segundo pero que están cargadas de tantas historias que sería imposible contarlas todas. Cuando comencé, no imaginaba que pulsar un botón me iba a traer algunas de las mejores experiencias profesionales de mi vida. Es genial saber que me dedico a captar los momentos más bonitos de las vidas de otras personas. “Cuando alguien es feliz, allí estoy yo”, suelo decir. Y qué fortuna, ¿verdad?

A través de mi lente me he colado en otras vidas y las he espiado con ternura. He visto a padres emocionarse de tal manera que aún se me encharcan un poco las pupilas si lo pienso mucho, a madres abrazar a sus hijos con tanta ternura y amor que no puedo evitar sonreír al recordarlo, a parejas decirse que sí, para siempre y de verdad. He fotografiado miradas que gritaban te quieros, manos que se entrelazaban sin querer separarse jamás, amigos que sabes que se tirarían de cualquier puente con tal de no dejarte saltar solo, sorpresas inesperadas, cartas de amor tan sencillas como auténticas…

A todas mis parejas sólo puedo darles las gracias. Por confiar en mí, por permitirme ser testigo de tantas emociones dispares, y sobre todo, por regalarme un trozo de su intimidad y mostrarse tal como son.

Siempre digo que lo mejor de las bodas no son ni el vestido, ni los detalles, ni la comida, ni la música, ni la ceremonia, ni los discursos, ni el coche, ni siquiera la barra libre. Lo mejor son las personas. Tus personas. Tu familia: la elegida y la que te dio la vida. Quédate con eso y con el fotógrafo para que lo retrate todo, por supuesto.

Feliz 2020 parejas, familias e invitados. Gracias por tantas emociones.

PD: La voz y el texto no son míos, son de mi compi Remys Door. Una gozada crear junto a ella.

Boda motera en Señorío de Beráiz

Boda motera en Señorío de Beráiz

Boda motera en Señorío de Beráiz

Marta & Sebas

Boda motera en Señorío de Beráiz

Todo comenzó con el rugido de un motor. Bueno, en realidad fue más sencillo que eso pero, ¿a que le ha dado un toque inusual y dramático a la introducción de la boda motera en Señorío de Beráiz? Bueno, pues de dramático tuvo poco esta boda motera porque todo fueron risas, jolgorio y abrazos.

Sobre todo por parte de la abuela que tenía tanta marcha y energía que los “cierrabares” míticos deberían ponerle un altar y venerarla. En serio, qué gozada de mujer, yo de mayor quiero ser como ella. Y de joven también oigan. En el reportaje sale haciendo una mueca cuando los novios, Marta y Sebas, le dan un regalo. Buscadla, ¡que merece la pena!

Respecto a la boda en sí, todo fluyó como lo hacen las cosas bonitas: sin esfuerzo, ni presión. El novio llegó al Señorío de Beráiz haciendo rugir su moto y las de todos sus camaradas que le acompañaron. Entre ellos, su padre. Me encantó ver cómo más de una veintena de motos, subían la colina haciendo vibrar la carretera. Cuando estás arropado por un montón de personas a las que quieres y con quienes estás en sintonía, se genera una energía súper bonita en el ambiente.

De ahí que a Sebas no le faltó la sonrisa ni un minuto, estaba radiante. De todas formas, no me extraña, porque Marta iba espectacular. Menuda pareja tuve la suerte de congelar. Ya les gustaría a las revistas del corazón contar con semejantes novios en sus páginas.

Ojalá que cuando vean mis fotos, un torbellino de emociones vuelva a hacerles vibrar por dentro. Como lo hicieron las motos al llegar. Porque eso es lo mejor de la fotografía: que vuelves a vivir dos veces. O más. Todas las que quieras.

 

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Boda en Monasterio de Iranzu

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BODA EN MONASTERIO DE IRANZU

– EDU Y ALBA –

Boda en Monasterio de Iranzu.

Uno nunca se va cuando lo que más quiere sigue aquí. Uno nunca se va, aunque ya no esté. Siempre hay recuerdos que lo traen de vuelta, sueños en los que se cuela y estrellas fugaces con las que saluda a quienes aún se atreven a buscarle en el cielo. Las personas que se van de este mundo tienen una mirilla por la que de vez en cuando, nos observan para alegrarse con nosotros, nos apoyan si lo necesitamos y nos impulsan cuando ya no nos quedan ganas de alzar el vuelo.

Edu y Alba lo sabían aquel sábado que se dieron el “sí quiero” en el Monasterio de Iranzu y luego celebraron el enlace en las Bodegas de Otazu. Hay pequeños detalles que mantienen junto a nosotros a quien pululea por otras galaxias. En este caso, fue Edu quien le quiso regalar a Alba y a su familia, este vídeo. Así, les recordó que él sigue aquí, abrazando a su hija cada vez que ella lo necesita y emocionándose mientras la ve caminar tan increíblemente hermosa, hacia el altar.

Porque quizás haya casualidades que simplemente son eso, coincidencias mundanas. Pero luego están las casualidades que forjan, como bien cuenta el vídeo, el destino. Y qué agradecidos debemos estar por ello. Me gusta imaginar que las casualidades son niños revoltosos que nos agarran de la mano y nos llevan al lugar exacto donde tenemos que estar en ese preciso instante.

Como cuando Alba le dijo que sí, para siempre y a Edu le vibraban las pupilas ante tanta felicidad.

“Porque las casualidades y el azar van a marcar nuestro destino, lo queramos o no”:

 

Boda en Villa Marcilla.

Una boda repleta de rock, sonrisas y desmadre

A mí me ponen una boda repleta de rock, sonrisas y desmadre y ya me tienen más que ganado. Pero ese es un tema del que hablaremos más tarde. Primero, a lo que vamos, los novios. Ana y Cholo. Ella, pura alegría, él, honesto hasta la médula.
Con semejantes anfitriones nada podía salir mal.

Así que, como si de un cuento se tratara, Ana apareció cabalgando el coche clásico más bonito que he visto yo en mi vida. Os diría la marca y tal. Pero no soy bueno con los nombres y prefiero que lo busquéis en las fotos y me descifréis vosotros el enigma. Sólo sé que era de un rojo tan vivo como el que llevaba la novia vistiendo su sonrisa. En serio, qué sonrisa. No la vi ni un sólo momento perderla. A día de hoy, me pregunto, si al día siguiente de la boda, Ana tenía resaca o agujetas en los mofletes.

Aunque no me extraña nada que estuviera tan feliz. Se casaba con Cholo, el hombre de su vida. Estaba tan bien acompañada que por momentos yo también quise pertenecer a esa gran familia. Dicen que la felicidad es doble si la compartes, pero aquí en esta boda, con semejantes invitados y actuaciones, la felicidad se cuadruplicó.

Primero fue el “Sí, quiero” en la Iglesia de San Nicolás, luego llegaron los vítores, las lágrimas y los abrazos. Después, con el hambre y las ganas de celebrar llamando a la puerta, nos fuimos todos a Villamarcilla y allí los Jairom Black hicieron vibrar a todo el mundo a través de melodías que aún tarareo mientras me ducho.

Y la gran sorpresa se la llevó Cholo cuando sus amigos de Biscuit Box aparecieron en medio del baile y se pusieron a tocar en directo. Os había prometido rock, sonrisas y desmadre, ¿verdad? Si aún no me habíais creído, mirad las fotos y decidme si miento.

Felicidades Ana y Cholo, en vuestro día B, reí, bailé y fotografié. Creo que poco más necesito para ser feliz un sábado cualquiera.

 

Boda en Zuasti. Sí, quiero. Aquí. Contigo. Siempre.

Boda en Zuasti

Mertxe & Jesús

Hacer tu boda en Zuasti es vivir tu día B en un cuento donde sólo falta ver a las ardillas y a los gnomos correteando por la ceremonia. En serio, qué maravilla.

Además, no llovió. Las cigarras cantaban dichosas cuando Mertxe y Jesús entraron para prometerse un “Sí, quiero” eterno. Hubo lágrimas contenidas, emociones a raudales, abrazos que aún no han muerto, carcajadas espontáneas y mucho amor.

Allí, perdidos en el palacio de Zuasti, nos trasladamos a otro mundo en el que no existían las prisas, el estrés ni otra orden que no fuera la de bailar, comer, reír y beber.

Últimamente he descubierto, como fiel observador en estos eventos, que en las bodas, además de vivir a lo grande, se recuerda mucho. La nostalgia explota, como el confeti del ¡Vivan los novios!,  cuando se juntan personas bonitas que se conocen casi desde que comenzaron a andar.

Así es como descubrí, mientras Mertxe y sus amigas se preparaban para el gran día entre risas, champán y confesiones, que a Mertxe y a sus amigas, mi madre les daba de comer cuando de pequeñas iban a la Ikastola. Mi progenitora les alimentó y ahora yo las retrato, qué secretos más curiosos e inesperados guarda el tiempo, oye.

Ojalá todas las bodas que me quedan por retratar estén llenas de historias nuevas, de nostalgia y de amor del bueno, del que nunca caduca.